Por Alejandro Calderón

Era una tarde de otoño cuando Laura y Martín, una joven pareja de aventureros, decidieron emprender un viaje en su autocaravana en busca de un lugar idílico, alejado de la rutina y del bullicio de la ciudad. Después de consultar mapas y guías, se adentraron en un camino de tierra desconocido y raramente transitado, siguiendo el encanto de lo desconocido.

El sendero parecía interminable, serpenteando entre árboles altos y oscuros que ocultaban la luz del sol. El aire era húmedo y cargado de un silencio incómodo. Sin embargo, la promesa de un destino maravilloso seguía impulsándolos a seguir adelante. Con el paso de las horas, el cielo comenzó a teñirse de un tono naranja y dorado, anunciando la proximidad de la noche.

Finalmente, encontraron un claro en el bosque, iluminado por el resplandor de la luna creciente. Era un lugar de ensueño: un lago tranquilo rodeado de altas montañas y prados verdes. La autocaravana se estacionó en un rincón del claro, y Laura y Martín montaron su campamento con entusiasmo. La paz y la belleza del lugar parecían haber hecho que el largo viaje valiera la pena.

Mientras la noche avanzaba, la pareja encendió una fogata y disfrutó de una cena bajo el manto estrellado. Sin embargo, conforme las horas pasaban, un aire frío y denso comenzó a envolver el lugar, contrastando con el ambiente cálido que habían sentido al principio. Martín notó que las sombras se alargaban de manera extraña y parecía que el tiempo se ralentizaba.

La conversación se volvió más tranquila, casi susurros, como si el entorno los invitara a ser cautos. Laura observó que el agua del lago parecía más oscura y turbia a la luz de la luna. Se sintió incómoda, como si algo los estuviera observando desde las sombras del bosque. Decidieron retirarse a la autocaravana y descansar, pero sus sueños se vieron interrumpidos por ruidos inquietantes: crujidos de ramas y susurros indistinguibles.

A la mañana siguiente, la luz del sol inundó el claro, pero algo estaba fuera de lugar. La autocaravana estaba rodeada por un extraño y denso banco de niebla que parecía haber aparecido de la nada. Laura y Martín se miraron con preocupación, pero no podían ignorar el deseo de explorar el hermoso lago. Decidieron aventurarse y caminaron hacia las aguas turbias.

La superficie del lago estaba inquietantemente quieta, sin ningún reflejo ni ondulación. Laura se agachó para tocar el agua y sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Martín la llamó desde la orilla, señalando algo en el centro del lago. Había algo en el agua, una especie de forma oscura y amorfa que emergía de las profundidades. Parecía moverse, pero no había viento ni corrientes que lo explicaran.

Mientras seguían mirando, la forma comenzó a tomar contornos más definidos, pero no eran contornos que pertenecieran a este mundo. Era como si la forma existiera en el borde de la realidad, en un espacio entre los sueños y la vigilia. La pareja retrocedió instintivamente, sintiendo un terror indescriptible ante lo que presenciaban.

Decidieron regresar a la autocaravana, pero se dieron cuenta de que ya no se encontraba donde la habían dejado. En su lugar, solo había niebla espesa y árboles retorcidos. El claro, el lago y todo lo que habían visto parecían haber desaparecido por completo. Estaban atrapados en una dimensión extraña, en la que el tiempo y el espacio eran distorsionados, y donde lo que parecía real podía desvanecerse en un instante.

Los días y las noches se convirtieron en un torbellino de confusión y miedo. Los susurros en la niebla se volvieron más intensos, como voces distantes que llamaban desde lugares inalcanzables. Laura y Martín se aferraron el uno al otro, luchando por mantener la cordura en un mundo que parecía estar desmoronándose a su alrededor.

La inquietud se convirtió en agonía mientras la pareja luchaba por escapar de ese lugar olvidado. El hambre y la sed los atormentaban, y las sombras parecían moverse por sí mismas, acechándolos en cada rincón. Finalmente, una noche, cuando la niebla era más densa que nunca, Martín desapareció sin dejar rastro. Laura lo buscó desesperadamente, pero solo encontró silencio y oscuridad.

El tiempo se volvió incomprensible para Laura, y su mente se volvió frágil y confusa. Las voces en la niebla la llamaban con mayor fuerza, y la línea entre la realidad y la pesadilla se difuminó por completo. Eventualmente, Laura se convirtió en una sombra más en ese lugar, una presencia atrapada en la nebulosa eternidad del olvido.

Y así, la historia de Laura y Martín quedó sellada en los susurros del viento y en los ecos de un lago perdido en algún rincón desconocido. Una advertencia silenciosa para aquellos que se aventuren demasiado lejos en busca de lo idílico, recordándoles que la belleza a veces puede ser solo un velo que oculta horrores indescriptibles en los rincones más oscuros de la realidad.

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